Lola Photography por Jorge Bolivar

Siempre me ha parecido que resulta un tanto cruel tener que decidir a qué dedicaremos nuestra vida cuando somos tan jóvenes que ni siquiera sabemos a qué atenernos en nuestro presente, y menos aún en nuestro futuro. A los 16 o 17 años les exigimos a los chicos y chicas que elijan una profesión, un oficio, unos estudios. La decisión marcará sus vidas y muchas veces no tenemos ni la madurez ni la experiencia suficiente para saber lo que realmente nos gustará hacer. Pero elegimos y nos resignamos, lo mismo que aceptamos el nombre que nos pusieron nuestros padres. Parece que la vida está hecha, desde el principio, de una pizca de resignación. Por eso siempre he admirado a las personas que en un momento determinado son capaces de dar un giro a su existencia profesional y tienen la valentía de seguir los impulsos de una corazonada, de una insatisfacción o una rebeldía. La experiencia nos dice que esas personas son en muchas ocasiones las que terminan dando toques de valor a la sociedad, porque lo hacen convencidas de qué les gusta, qué les interesa, y ahí, en encontrar placentero lo que hacemos, es donde reside la pasión que da buenos frutos en las actividades que emprendemos. Eso tiene ser maduro, que ya nos conocemos a nosotros mismos y entonces elegimos con mayor convencimiento.

Yo conozco a Lola hace casi 20 años y ni se imaginan lo que me alegra que ahora haya emprendido esta aventura. No sólo porque quien conoce su trabajo coincidirá que es una excelente fotógrafa, sino porque sé que la capacidad de crear cosas bellas era algo que estaba dentro de ella. Por eso, entre exámenes de contabilidad o clases de macroeconomía, siempre encontraba tiempo para ver una exposición, un concierto, para disfrutar de un libro de poesía o una novela. La pasión está dentro de nosotros, sólo tenemos que aprender a mirarnos. Y también está la valentía, la ilusión, la capacidad de reinventarnos. Todos lo tenemos, todos podemos hacerlo si somos lo bastante rebeldes e inconformistas. Las fotografías que pueden ver (y las que están por salir de su cámara en un futuro) son un reflejo de la alegría con que Lola se enfrenta a cada retrato, a cada imagen.

Otro amigo, también fotógrafo (de prensa él), me decía que los grandes retratistas son los que pueden plasmar el interior de las personas que se ponen ante su cámara. Tal vez estén de acuerdo conmigo en que un buen retrato es el que nos hace ver el mundo del retratado: cuando la imagen es acertada trasciende más allá del cuerpo y deja entrever una pellizco del alma. Eso está en el ojo del fotógrafo. Antes de disparar, antes de que nosotros lo veamos, el fotógrafo ya tiene la imagen en su cerebro, es como un arqueólogo de almas que sabe dónde tiene que empezar su excavación. Poca gente tiene ese don, el de sentir que cuando abren el obturador de la cámara lo único que existe en ese instante es ellos, la cámara, la luz, y el modelo. El resto del mundo se detiene en el momento de captar la imagen. Los retratados lo saben. Es una comunión pequeña pero intensa que dura la emoción del segundo. Si la foto es buena, ese segundo se congela para siempre. Y he tenido la suerte de conocer a muchos estupendos fotógrafos y fotógrafas (Rafael Marchante, Luis de Vega, Linda Tsablosougu, Antonio Falcón, Lola por supuesto), e incluso de trabajar a veces junto a ellos y ellas.

Estarán de acuerdo en que las fotografías de Lola consiguen ese milagro minúsculo. De todas las que he visto no hay ni una sola de ellas, ni una, que me haya dejado indiferente. La luz, la mirada, la pose, tienen siempre un suspiro de misterio desvelado a medias, un poco de entrever ligeramente la persona que se presta al retrato. Ahí está su valor. A la estética, tan particular en ella que define todo su trabajo, se une la emoción del amor por lo que hace. Y le queda tanto camino por recorrer que apuesto (no recojan el guante, perderían) a que con el tiempo seguirá arrancando imágenes cada vez más emocionantes. Como todas las artes, la buena fotografía cumple una misión especial: hace el mundo un poco más hermoso. Y por eso debemos estarle agradecidos a quienes, como Lola, ayudan en esta tarea tan valiosa.


© Lola Photography